Shock the monkey!
lunes, abril 28, 2003
A veces se acerca a este sitio, y mira, sólo mira. En ocasiones soy yo quien arriesga la sonrisa en medio de un rostro que se pretende luminoso como un corazón gigante. Mas casi siempre ella persiste en su quietud de estatua sin grito, el centro de una plaza que convoca mis heridas como una muchedumbre de vagos y hambrientos, hermanos de la muerte.
Ella quieta.
Por las noches, para volver a insistir, suelo caminar el trazo que se atreve al exilio. A la vez, finjo no ver que apareces como un ramo de sombras que anticipan tu silencio; tus manos rozan el mármol de mi cuerpo abandonado, rezan, acarician, son como aliento, dóciles al deseo y a la imaginación.
Transito el desierto de tu odio breve y confundido. Ayer, sometido a la delación de tus ojos, sonreí. Ahora soy el muro de una ciudad solitaria que no guardará tus voces repetidas. Pero tú morirás con ese recuerdo que hoy te aborrece, sabia en un conocimiento que dejará su aroma en todas tus cosas. Ah, ¿vuelves?
(Basta ya del desahogo inútil).
viernes, abril 25, 2003
La sola idea de terminar el cuento del ajustador me aterra.
viernes, abril 18, 2003
No estás muerta, es sólo que te he soltado un momento del brazo para ver qué está ocurriendo en esta sucia realidad.
Odio enterrar los recuerdos cuando sé que con ellos se muere un poco de las cosas que he sido.
El otro día soñaba con una mujer que solía conocer en uno de mis antiguos trabajos. Ella se presentaba cada tarde al salir de la escuela, y en sus primeros momentos no hacía más que ir a mi sitio para mirarme escribir. Me aborrezco al reconocer que, con el transcurrir de las semanas, la máquina era el mejor anzuelo. Ella (el nombre sigue en mí, pero ya es suficiente con la angustia de su memoria adolorida) se paseaba primero alrededor y luego acercaba su sombra a los dominios de mi vista; bastaba con un solo movimiento de mis ojos para tender la red que entonces nos unía. ¿Qué escribes?, podría haber preguntado, pero igual nunca la escuchaba: sonreía, y en ese gesto quedaba finiquitada la alteración del momento. Eran pocos los instrumentos de trabajo en aquella oscura oficina de gobierno, pero juro que había otras máquinas al alcance. ¿Necesitas trabajar en algo?, podría haberle dicho, pero igual sé que jamás obtendría una respuesta, algo que mis hambrientos oídos registraran: la señal era esa mirada profunda y asaz melancólica que cifró mi decadencia. No quisiera establecer cronologías, pero aquellos momentos se iban acumulando como un hábito de las últimas tardes que estuve ahí. A veces creía que debía despertar por las mañanas con la idea fija de encontrarla al pie de mi cama, observándome con esa quieta mirada elocuente. Entonces tendría que pasarme la mano por el cabello y exhibir la sorpresa que ya había ido preparando en el insomnio. Acaso miraríamos al mismo tiempo el poco espacio disponible en mi cama individual, sólo que yo estúpidamente arremetería con una broma siniestra: ¿Quieres trabajar en algo? El glamour se ha roto...
No consigo recrearla sin esos jeans gastados y los zapatos de gamuza que señalaban sus días de estudiante. Y aunque me creo capaz de reconocerla entre la gente, adivino que las cosas perderían para siempre su magia sin el atuendo que ahora y para siempre disfrazará el enigma. Bueno, aquí estoy, palabra por palabra ensuciando tu recuerdo, publicando las líneas que trazan apenas un esbozo de lo que eras y mantienes en esta sufrida existencia. Sea pues el homenaje póstumo a la cobardía que aprueba por sobre mi hombro este texto que jamás te encontrará.
lunes, abril 14, 2003
Los cuentos no avanzan. El de la tipa que espera en el bar se mantiene con el personaje masculino detenido en medio del tráfico, seguro que la dama lo aguarda con las nalgas bien adormecidas; el de El Ser y el policía se ha vuelto confuso, se supone que todo está en su imaginación excepto el asesinato de su esposa, pero como por diversas causas lo he estado escribiendo fragmentado ahora me encuentro con la dificultad de unir las partes, trabajo arduo y definitivamente talachero, artesanal.
Estoy oyendo el Gold afternoon fix de The Church y quiero continuar con la escritura de los textos de marras, pero es tarde y temo clavarme..., más bien temo desvelarme, como anoche, que me cayó el insomnio borgeano pero sin el sufrimiento lúdico del amado ciego argentino.
Mamá insiste en que le pida a Paty que vayamos en el auto a visitar a Víctor. Ya le expliqué las dificultades de manejar en carretera, pero me ignora: cuando se trata de su querido hijo, nada es tan importante. Al rato o tal vez mañana le comentaré a Paty, pero no pienso insistir demasiado. Se nota que no tengo nada que decir ahora, ¿no?
Me duelen las nalgas.
martes, abril 08, 2003
Mientras escribo estas líneas, Aimee Mann está cantando Long shot y en seguida se pasa a Choice in the matter. Bebo un capuccino caliente y me atormento con preguntas que de tan gastadas ya tienen rostro de respuesta. Allá afuera, el humo se vuelve denso. El cuento de El ser no avanza por una sencilla razón: no lo he tocado en más de 48 horas. Al de la tipa en el bar no le va mejor: el sujeto que viaja a su encuentro está varado en algún punto impreciso de la ciudad, detrás de un eterno semáforo en rojo (él parece no saberlo e insiste en el dial del autoestéreo, que barre el cuadrante en busca de un jazz que nunca aparecerá); la ciudad también se encuentra estacionada, detenida en un invierno cuyo frío benévolo apenas si se frota contra las cosas, como si no quisiera reconocerlas.
Aprovecho un breve silencio en la oficina para escuchar el pulso del mundo. Es irregular, débil, apenas perceptible como el flujo sanguíneo de un anciano moribundo. ¿Por qué cuando todos aquí se quedan callados, algo huele a podrido?
Hoy por la mañana salí a una zona de guerra: las rotas banquetas estaban siendo removidas y arrojadas dentro de viejos camiones que las llevarían con rumbo a los suburbios. Debajo del gris agrietado y antiguo se le veían las tripas a la ciudad. Caminé a la orilla de la calle y bajé a la avenida: por lo menos 300 metros de banquetas inexistentes y polvo de ese que ama pegarse a los zapatos con una obsesión casi neurótica. Total, que no pueden acabar de construir esta pinche ciudad.
lunes, abril 07, 2003
¿Por qué insistir con esta página que nadie será capaz de hallar? ¿Porque no me conformo con quedarme callado y simplemente transcurrir? ¿Por qué transformar en palabras el tedio y la desesperanza? ¿No es suficiente con mantenerse al margen y esperar? No sé.
Por la tarde camino a lo largo de la avenida Insurgentes cegado por el sol de la tarde. Llevo un Lawrence Durrel bajo el brazo y busco un buen lugar para leer. Al final de una calle imprecisa doy con una especie de claro cercado por los autos y el pisar de oficinistas presurosos. Me acomodo en una banca de hierro soleada y solitaria. Me entrego a la lectura el tiempo suficiente para olvidarme del frío del aire acondicionado y de las bromas fatuas de mis compañeros. La Alejandría que describe Durrel huele a humedad y ladrillo, nada más ajeno y lejano a mi sitio de descanso. Por eso me harto y regreso con paso lento. Se me antoja un café, pero ya habrá tiempo para esos placeres sencillos. En instantes estoy de vuelta y comparezco ante las sombras de la engañosa penumbra del lobby. Hay gente esperando el elevador. Los mismos rostros cansados de la tarde, el mismo aroma a perfumes que se desprenden de mujeres sudorosas y aburridas. El ascenso transcurre en silencio mientras que nuestros ojos se disputan el poco espacio de que dispone el cubo de metal y paredes espejadas. En el piso de destino me recibe el olor a frío artificial y encierro, el gesto disperso de la recepcionista, la puerta de cristal que franquea el paso a los dominios del lento reloj. La música es el último refugio y en él me sumerjo como en un exilio interno y voluntario. Hay textos que escribir.