Shock the monkey!
martes, julio 08, 2003
Estoy por iniciar los preparativos para el diario de J. F. Sebastian. Poco que comentar al respecto. Si acaso, que lo encuentro demasiado oscuro para fundarlo en la tarde de un domingo. ?La depresi?n culposa sea con nosotros!
Aqu? la lluvia ha tomado la ciudad. Hace un rato com? con esa r?faga como fondo silencioso detr?s del cristal. Le?a a Arthur C. Clarke. Algo relacionado con la destrucci?n de la especie humana. No quiero ahondar porque ya no est? de moda eso de los meteoritos, las urbes devastadas, los extras con sus rostros como espejos de la cat?strofe y, en obligado primer plano, los restos de una rota Estatua de la Libertad. Jo jo y jo.
Hoy le corresponde guardia a Paty, as? que abandonar? tarde su oficina. Tendré tiempo de poner en pr?ctica las sugerencias de Dell Support para resolver la bronca con el quemador. De cualquier manera, no creo que nada de eso resulte, as? que ya comienzo a planear el mail de protesta que espero sea definitivo.
Los textos de los ?ltimos d?as (?ah?!) me recomiendan que los deje serenar unas noches m?s para ver si la prueba del tiempo etcétera, pero no sé si resista emprender una nueva lectura cr?tica o si decida otorgarles el indulto; lo cierto es que hoy que abr? un par de documentos me encontré con algunos escritos que suplicaban "Please, kill me!" Pero, ?c?mo se le da muerte a un texto? ?Se le pone una bolsa de pl?stico en la cabeza?, ?se le aplican los tradicionales zapatos de cemento?, ?se le ingresa en un laboratorio como los de DC Comics para ver si nos resulta un ente superior o por lo menos algo villanesco? ?Se oprime Supr?
Voy a estar un rato mirando la lluvia.
Aqu? la lluvia ha tomado la ciudad. Hace un rato com? con esa r?faga como fondo silencioso detr?s del cristal. Le?a a Arthur C. Clarke. Algo relacionado con la destrucci?n de la especie humana. No quiero ahondar porque ya no est? de moda eso de los meteoritos, las urbes devastadas, los extras con sus rostros como espejos de la cat?strofe y, en obligado primer plano, los restos de una rota Estatua de la Libertad. Jo jo y jo.
Hoy le corresponde guardia a Paty, as? que abandonar? tarde su oficina. Tendré tiempo de poner en pr?ctica las sugerencias de Dell Support para resolver la bronca con el quemador. De cualquier manera, no creo que nada de eso resulte, as? que ya comienzo a planear el mail de protesta que espero sea definitivo.
Los textos de los ?ltimos d?as (?ah?!) me recomiendan que los deje serenar unas noches m?s para ver si la prueba del tiempo etcétera, pero no sé si resista emprender una nueva lectura cr?tica o si decida otorgarles el indulto; lo cierto es que hoy que abr? un par de documentos me encontré con algunos escritos que suplicaban "Please, kill me!" Pero, ?c?mo se le da muerte a un texto? ?Se le pone una bolsa de pl?stico en la cabeza?, ?se le aplican los tradicionales zapatos de cemento?, ?se le ingresa en un laboratorio como los de DC Comics para ver si nos resulta un ente superior o por lo menos algo villanesco? ?Se oprime Supr?
Voy a estar un rato mirando la lluvia.
Estoy por iniciar los preparativos para el diario de J. F. Sebastian. Poco que comentar al respecto. Si acaso, que lo encuentro demasiado oscuro para fundarlo en la tarde de un domingo. ¡La depresión culposa sea con nosotros!
Aquí la lluvia ha tomado la ciudad. Hace un rato comí con esa ráfaga como fondo silencioso detrás del cristal. Leía a Arthur C. Clarke. Algo relacionado con la destrucción de la especie humana. No quiero ahondar porque ya no está de moda eso de los meteoritos, las urbes devastadas, los extras con sus rostros como espejos de la catástrofe y, en obligado primer plano, los restos de una rota Estatua de la Libertad. Jo jo y jo.
Hoy le corresponde guardia a Paty, así que abandonará tarde su oficina. Tendré tiempo de poner en práctica las sugerencias de Dell Support para resolver la bronca con el quemador. De cualquier manera, no creo que nada de eso resulte, así que ya comienzo a planear el mail de protesta que espero sea definitivo.
Los textos de los últimos días (¡ahí!) me recomiendan que los deje serenar unas noches más para ver si la prueba del tiempo etcétera, pero no sé si resista emprender una nueva lectura crítica o si decida otorgarles el indulto; lo cierto es que hoy que abrí un par de documentos me encontré con algunos escritos que suplicaban "Please, kill me!" Pero, ¿cómo se le da muerte a un texto? ¿Se le pone una bolsa de plástico en la cabeza?, ¿se le aplican los tradicionales zapatos de cemento?, ¿se le ingresa en un laboratorio como los de DC Comics para ver si nos resulta un ente superior o por lo menos algo villanesco? ¿Se oprime Supr?
Aquí la lluvia ha tomado la ciudad. Hace un rato comí con esa ráfaga como fondo silencioso detrás del cristal. Leía a Arthur C. Clarke. Algo relacionado con la destrucción de la especie humana. No quiero ahondar porque ya no está de moda eso de los meteoritos, las urbes devastadas, los extras con sus rostros como espejos de la catástrofe y, en obligado primer plano, los restos de una rota Estatua de la Libertad. Jo jo y jo.
Hoy le corresponde guardia a Paty, así que abandonará tarde su oficina. Tendré tiempo de poner en práctica las sugerencias de Dell Support para resolver la bronca con el quemador. De cualquier manera, no creo que nada de eso resulte, así que ya comienzo a planear el mail de protesta que espero sea definitivo.
Los textos de los últimos días (¡ahí!) me recomiendan que los deje serenar unas noches más para ver si la prueba del tiempo etcétera, pero no sé si resista emprender una nueva lectura crítica o si decida otorgarles el indulto; lo cierto es que hoy que abrí un par de documentos me encontré con algunos escritos que suplicaban "Please, kill me!" Pero, ¿cómo se le da muerte a un texto? ¿Se le pone una bolsa de plástico en la cabeza?, ¿se le aplican los tradicionales zapatos de cemento?, ¿se le ingresa en un laboratorio como los de DC Comics para ver si nos resulta un ente superior o por lo menos algo villanesco? ¿Se oprime Supr?
jueves, junio 12, 2003
miércoles, junio 11, 2003
Me almuerzo las lentas caricias de una mano fría que finamente va trazando el surco que deberá recorrer la sangre una vez que acabe de llorar (yo). No por nada prolongo las horas del café y la modorra hasta que el mundo comienza a agrietarse.
Torquemada me mira.
Juro que mi vida te será ajena a partir de ese silencioso rostro que hoy, hace apenas unos momentos, adoptó tu desprecio. Lo juro, y el corazón que se enfría ahora en mi mano es testigo de ello (la sangre que se riega dibuja tu nombre a mis pies, la sangre se ennegrece y encarna en la tierra, allí estará el dominio que mañana y un día más los otros pisarán).
¿Estás lista para partir?
Torquemada me mira.
Juro que mi vida te será ajena a partir de ese silencioso rostro que hoy, hace apenas unos momentos, adoptó tu desprecio. Lo juro, y el corazón que se enfría ahora en mi mano es testigo de ello (la sangre que se riega dibuja tu nombre a mis pies, la sangre se ennegrece y encarna en la tierra, allí estará el dominio que mañana y un día más los otros pisarán).
¿Estás lista para partir?
Hace tiempo que no toco estas páginas de fríos pixeles. Nada importante ocurrió mientras tanto. Las cosas siguen pasando frente a mi ventana como un eterno y aburrido reel hecho de días y noches vacíos. Antes creía que todo iba hacia alguna parte; ahora estoy seguro de que es cierto: las cosas van directo a la mierda. Por eso he dejado de ponerles atención: no quiero irme con ellas; prefiero el agridulce estar del sueño rubio (que al menos me ofrece pequeños placeres que compensan el silencio) a la resignación del agujero hediondo que señala el futuro de quienes me rodean.
A otros asuntos.
A otros asuntos.
miércoles, mayo 28, 2003
Hoy el frío es una lenta procesión de grises que rasgan la piel de las calles. Silente posesión que cruzo ignorante de los días que lo han traído hasta aquí. Más tarde será la lluvia, la ciudad reflejada en su propia carne, la tierra húmeda que se reconocerá en nuestro olfato por tantos años repetido: visitado, abandonado...
viernes, mayo 16, 2003
Leo un poco de lo escrito en días pasados y convengo que lo apresurado de la redacción le ha dado un carácter de accidente del que no se deshará nunca. En descargo de ello, he de confesar que así se ha intentado; quiero decir: no pretendo aquí espejismos o falsa desesperación: deseo, por el contrario, que sea una crónica despojada de atavismos y colores artificiales, en donde, si la prosa alcanza alguna altura destacable será porque así fue fijado por las circunstancias y no por el rigor de una pluma disciplinada. Sé que ninguna justificación es válida, mas no hay humillación: yo, que lo escribo, soy el único cuyos ojos tropezarán con las irregularidades y las deficiencias de mi propia vida.
miércoles, mayo 14, 2003
¿Hay alguien ahí?
Yo no.
Si alguien está leyendo esto, ahora sabrá de lo bien que me siento de no perseguir más a ese reciente fantasma que seduce con una especie de perfume disfrazado de rubia cabellera. Huele bien, pues, pero, en el fondo, algo me insiste que los fantasmas no existen, así que no me queda más remedio que descreer de sus invitaciones, de sus sonrisas, de su queda travesura de rodearme de güerez cada vez que la ocasión la llama.
Nada de esto es importante, así que mejor me detengo.
¿Alguien de los que están allá afuera cursó sus estudios en la Secundaria 10 del D.F.?
¿Hay alguno que pertenezca a la generación 80-83 del turno vespertino?
¿Alguno de ustedes participó de los fines de cursos atascados de harina y mujeres gozosas, quiero decir: divertidas, dispuestas al desmadre que otorgaba el regalo de sus nalgas adolescentes abiertas al tacto, al suave nervio creciente, al roce, a la estridencia?
De ser afirmativa su respuesta, ¿podrían decir sus nombres en voz alta, en orden, lentamente a mis oídos?
¿Podrán decir Fabiola, Carolina, Carmen, Rocío, Martha Olivia?
Fabiola, ¿me recuerdas? Soy el que te asediaba, el que a la vez te rehuía, el que se presentaba sólo para irse, para desvanecerse más allá de tus ojos extrañados de tanta fuga, de tanta lejanía, de tanta niñez acobardada. Pero... ¿sabes por qué me iba tanto, por qué alimentaba tu cuerpo de distancia? ¿Lo sabes? Era porque así quería conservarte, siempre inalcanzable, siempre envuelta de deseo, siempre como la oscura sensación de una memoria sedienta de quimeras. Y si me fui, es porque me llevé algo de ti: tu rostro, tu nombre, el recuerdo de ese baile adolescente en el que ni siquiera nos tocamos, porque así en ese entonces y en este ahora mis manos son dueñas del perfume de una piel que es todos los perfumes, a la que puedo tocar y contiene todas las sensaciones posibles, de un rostro que es capaz de todas las expresiones, de una voz que sólo dice tu nombre y mi nombre para mí, quedo y despacio, riquísimo, deleitable.
Fabiola Reyes Jaramillo, aquí pareces sólo un nombre arrojado al vacío de pixeles, pero yo sé que al otro lado de este espejo estás, asediada para siempre, para siempre lejana, siempre quieta en una esquina de la noche de Mixcoac, viendo que me voy, observando cómo cada paso me lleva más y más profundo al otro lado de la memoria, que si mira es con tus ojos, y que tal vez no tenga lo que eres, pero que te ha hecho inmortal, casi infinita.
Algún día te encontraré.
Yo no.
Si alguien está leyendo esto, ahora sabrá de lo bien que me siento de no perseguir más a ese reciente fantasma que seduce con una especie de perfume disfrazado de rubia cabellera. Huele bien, pues, pero, en el fondo, algo me insiste que los fantasmas no existen, así que no me queda más remedio que descreer de sus invitaciones, de sus sonrisas, de su queda travesura de rodearme de güerez cada vez que la ocasión la llama.
Nada de esto es importante, así que mejor me detengo.
¿Alguien de los que están allá afuera cursó sus estudios en la Secundaria 10 del D.F.?
¿Hay alguno que pertenezca a la generación 80-83 del turno vespertino?
¿Alguno de ustedes participó de los fines de cursos atascados de harina y mujeres gozosas, quiero decir: divertidas, dispuestas al desmadre que otorgaba el regalo de sus nalgas adolescentes abiertas al tacto, al suave nervio creciente, al roce, a la estridencia?
De ser afirmativa su respuesta, ¿podrían decir sus nombres en voz alta, en orden, lentamente a mis oídos?
¿Podrán decir Fabiola, Carolina, Carmen, Rocío, Martha Olivia?
Fabiola, ¿me recuerdas? Soy el que te asediaba, el que a la vez te rehuía, el que se presentaba sólo para irse, para desvanecerse más allá de tus ojos extrañados de tanta fuga, de tanta lejanía, de tanta niñez acobardada. Pero... ¿sabes por qué me iba tanto, por qué alimentaba tu cuerpo de distancia? ¿Lo sabes? Era porque así quería conservarte, siempre inalcanzable, siempre envuelta de deseo, siempre como la oscura sensación de una memoria sedienta de quimeras. Y si me fui, es porque me llevé algo de ti: tu rostro, tu nombre, el recuerdo de ese baile adolescente en el que ni siquiera nos tocamos, porque así en ese entonces y en este ahora mis manos son dueñas del perfume de una piel que es todos los perfumes, a la que puedo tocar y contiene todas las sensaciones posibles, de un rostro que es capaz de todas las expresiones, de una voz que sólo dice tu nombre y mi nombre para mí, quedo y despacio, riquísimo, deleitable.
Fabiola Reyes Jaramillo, aquí pareces sólo un nombre arrojado al vacío de pixeles, pero yo sé que al otro lado de este espejo estás, asediada para siempre, para siempre lejana, siempre quieta en una esquina de la noche de Mixcoac, viendo que me voy, observando cómo cada paso me lleva más y más profundo al otro lado de la memoria, que si mira es con tus ojos, y que tal vez no tenga lo que eres, pero que te ha hecho inmortal, casi infinita.
Algún día te encontraré.
lunes, mayo 12, 2003
Luego vino y se quedó un rato. Presiento que sonríe menos para mí que para sus personales despropósitos. Antes, esa sonrisa me halagaba; hoy descubrí el dolor que me inflinge. Entonces llegó la hora de comer y mandé todo al demonio.
Por la tarde caminé por la Zona Rosa. Iba a la caza de un disco de Fey. ¡Sí: de Fey! Es para Cynthia Flores. Vagué un rato por ahí antes de entrar en Tower Records. La sorpresa es el nuevo acomodo, abajo todo el rock (no es una posición, es una ubicación); en el primer piso, los CD's, las grabaciones en español y esos dos géneros que llaman comúnmente Música Clásica y World Music; el nivel superior está ocupado por el jazz y la literatura. Escarbé entre los discos de Coltrane, pero la idea de tener que comprar el regalo de la amada sobrina frenó mis ansias. Patricia Barber también me guiñó la portada. Resistí hasta el final. Tengo que hablar con mi hermana para saber si la señorita su hija ya tiene el disco o si deberé buscar nuevos horizontes. Aún queda tiempo.
Este lunes parece que hubiera sido parido a una nueva dimensión. Primero el sueño, que me obliga a permanecer dopado con altas dosis de café y coca cola; luego, el sutil desprecio de quien antes, apenas unas horas antes, me obligó a abrazar la ebriedad de la sangre. Vaya, nada de esto importaría si no estuviera pasando por esa crisis que me niega las palabras y me abandona en la soledad de un desierto de espejos, en donde permanezco rodeado de rostros que imitan mis gestos pero que en nada se parecen a lo que conozco de mí. Así que no me resta más que alzar mi copa y brindar por este nuevo hueco amargo que mira pasar las cosas del pasado al futuro sin saber que rozan mis entrañas. Pensar en ello... como presionar una muela adolorida.
sábado, mayo 10, 2003
Tengo las ideas, pero las palabras se me escapan. Lo contrario sucede con frecuencia: allí están las frases bien cimentadas, pero es sólo eso: pura apariencia, nada de fondo. Algún día coincidirán ambas cosas y espero que algo bueno resulte.
Estoy aburrido y bebo un jugo de uva. Ya me duelen las nalgas de estar aquí sentado. Mientras el tedio, oigo un poco de High en la estación de Charlie DJ. Ahora hay una sesión medio rara, más bien punchis. Espero que el asunto se componga.
Estoy aburrido y bebo un jugo de uva. Ya me duelen las nalgas de estar aquí sentado. Mientras el tedio, oigo un poco de High en la estación de Charlie DJ. Ahora hay una sesión medio rara, más bien punchis. Espero que el asunto se componga.
jueves, mayo 08, 2003
Las calles cercanas a mi casa siguen pareciendo un maldito basurero radioactivo. Así es difícil arrancarle una sonrisa al espejo. Pero hago lo que puedo. El calor, por supuesto, continúa en su papel del hermano incómodo. Paty se derrite tan sólo de sentirlo. Por mi parte, si no fuera porque mi culo se encuentra a gusto en el sillón del fut, ya mi cabeza habría parido un cerebro contra el asfalto: es preferible el frío de la muerte incierta que este calor de pinche puerto.
La noche y un Magritte y Retrato de Borges fueron concluidos. El placer es mío. Me dan ansias de la historia del policía atrapado en el tiempo. Ahora estoy en la oficina y no recuerdo si lo traigo conmigo. Si tan sólo recordara los placeres de escribir a mano, podría exiliarme al amparo de los brillos oblicuos de algún parque. Sólo que hay un problema que Nietzche y yo compartimos: humanos, demasiados humanos, cientos de apestosos humanos que salen a la calle a repartir su tedio y su desesperanza.
Baudelaire desde su fotografía me exige mayor rigor en la escritura, pero ahora tengo güeva y mejor abandono...
The court of the Crimson King está llenando el metro cuadrado de soledad que me es dado poseer cada día de 9:00 a 18:30 horas. Alabado sea San Robert Fripp.
Deseos.
lunes, abril 28, 2003
A veces se acerca a este sitio, y mira, sólo mira. En ocasiones soy yo quien arriesga la sonrisa en medio de un rostro que se pretende luminoso como un corazón gigante. Mas casi siempre ella persiste en su quietud de estatua sin grito, el centro de una plaza que convoca mis heridas como una muchedumbre de vagos y hambrientos, hermanos de la muerte.
Ella quieta.
Por las noches, para volver a insistir, suelo caminar el trazo que se atreve al exilio. A la vez, finjo no ver que apareces como un ramo de sombras que anticipan tu silencio; tus manos rozan el mármol de mi cuerpo abandonado, rezan, acarician, son como aliento, dóciles al deseo y a la imaginación.
Transito el desierto de tu odio breve y confundido. Ayer, sometido a la delación de tus ojos, sonreí. Ahora soy el muro de una ciudad solitaria que no guardará tus voces repetidas. Pero tú morirás con ese recuerdo que hoy te aborrece, sabia en un conocimiento que dejará su aroma en todas tus cosas. Ah, ¿vuelves?
(Basta ya del desahogo inútil).
viernes, abril 25, 2003
La sola idea de terminar el cuento del ajustador me aterra.
viernes, abril 18, 2003
No estás muerta, es sólo que te he soltado un momento del brazo para ver qué está ocurriendo en esta sucia realidad.
Odio enterrar los recuerdos cuando sé que con ellos se muere un poco de las cosas que he sido.
El otro día soñaba con una mujer que solía conocer en uno de mis antiguos trabajos. Ella se presentaba cada tarde al salir de la escuela, y en sus primeros momentos no hacía más que ir a mi sitio para mirarme escribir. Me aborrezco al reconocer que, con el transcurrir de las semanas, la máquina era el mejor anzuelo. Ella (el nombre sigue en mí, pero ya es suficiente con la angustia de su memoria adolorida) se paseaba primero alrededor y luego acercaba su sombra a los dominios de mi vista; bastaba con un solo movimiento de mis ojos para tender la red que entonces nos unía. ¿Qué escribes?, podría haber preguntado, pero igual nunca la escuchaba: sonreía, y en ese gesto quedaba finiquitada la alteración del momento. Eran pocos los instrumentos de trabajo en aquella oscura oficina de gobierno, pero juro que había otras máquinas al alcance. ¿Necesitas trabajar en algo?, podría haberle dicho, pero igual sé que jamás obtendría una respuesta, algo que mis hambrientos oídos registraran: la señal era esa mirada profunda y asaz melancólica que cifró mi decadencia. No quisiera establecer cronologías, pero aquellos momentos se iban acumulando como un hábito de las últimas tardes que estuve ahí. A veces creía que debía despertar por las mañanas con la idea fija de encontrarla al pie de mi cama, observándome con esa quieta mirada elocuente. Entonces tendría que pasarme la mano por el cabello y exhibir la sorpresa que ya había ido preparando en el insomnio. Acaso miraríamos al mismo tiempo el poco espacio disponible en mi cama individual, sólo que yo estúpidamente arremetería con una broma siniestra: ¿Quieres trabajar en algo? El glamour se ha roto...
No consigo recrearla sin esos jeans gastados y los zapatos de gamuza que señalaban sus días de estudiante. Y aunque me creo capaz de reconocerla entre la gente, adivino que las cosas perderían para siempre su magia sin el atuendo que ahora y para siempre disfrazará el enigma. Bueno, aquí estoy, palabra por palabra ensuciando tu recuerdo, publicando las líneas que trazan apenas un esbozo de lo que eras y mantienes en esta sufrida existencia. Sea pues el homenaje póstumo a la cobardía que aprueba por sobre mi hombro este texto que jamás te encontrará.
lunes, abril 14, 2003
Los cuentos no avanzan. El de la tipa que espera en el bar se mantiene con el personaje masculino detenido en medio del tráfico, seguro que la dama lo aguarda con las nalgas bien adormecidas; el de El Ser y el policía se ha vuelto confuso, se supone que todo está en su imaginación excepto el asesinato de su esposa, pero como por diversas causas lo he estado escribiendo fragmentado ahora me encuentro con la dificultad de unir las partes, trabajo arduo y definitivamente talachero, artesanal.
Estoy oyendo el Gold afternoon fix de The Church y quiero continuar con la escritura de los textos de marras, pero es tarde y temo clavarme..., más bien temo desvelarme, como anoche, que me cayó el insomnio borgeano pero sin el sufrimiento lúdico del amado ciego argentino.
Mamá insiste en que le pida a Paty que vayamos en el auto a visitar a Víctor. Ya le expliqué las dificultades de manejar en carretera, pero me ignora: cuando se trata de su querido hijo, nada es tan importante. Al rato o tal vez mañana le comentaré a Paty, pero no pienso insistir demasiado. Se nota que no tengo nada que decir ahora, ¿no?
Me duelen las nalgas.
martes, abril 08, 2003
Mientras escribo estas líneas, Aimee Mann está cantando Long shot y en seguida se pasa a Choice in the matter. Bebo un capuccino caliente y me atormento con preguntas que de tan gastadas ya tienen rostro de respuesta. Allá afuera, el humo se vuelve denso. El cuento de El ser no avanza por una sencilla razón: no lo he tocado en más de 48 horas. Al de la tipa en el bar no le va mejor: el sujeto que viaja a su encuentro está varado en algún punto impreciso de la ciudad, detrás de un eterno semáforo en rojo (él parece no saberlo e insiste en el dial del autoestéreo, que barre el cuadrante en busca de un jazz que nunca aparecerá); la ciudad también se encuentra estacionada, detenida en un invierno cuyo frío benévolo apenas si se frota contra las cosas, como si no quisiera reconocerlas.
Aprovecho un breve silencio en la oficina para escuchar el pulso del mundo. Es irregular, débil, apenas perceptible como el flujo sanguíneo de un anciano moribundo. ¿Por qué cuando todos aquí se quedan callados, algo huele a podrido?
Hoy por la mañana salí a una zona de guerra: las rotas banquetas estaban siendo removidas y arrojadas dentro de viejos camiones que las llevarían con rumbo a los suburbios. Debajo del gris agrietado y antiguo se le veían las tripas a la ciudad. Caminé a la orilla de la calle y bajé a la avenida: por lo menos 300 metros de banquetas inexistentes y polvo de ese que ama pegarse a los zapatos con una obsesión casi neurótica. Total, que no pueden acabar de construir esta pinche ciudad.
lunes, abril 07, 2003
¿Por qué insistir con esta página que nadie será capaz de hallar? ¿Porque no me conformo con quedarme callado y simplemente transcurrir? ¿Por qué transformar en palabras el tedio y la desesperanza? ¿No es suficiente con mantenerse al margen y esperar? No sé.
Por la tarde camino a lo largo de la avenida Insurgentes cegado por el sol de la tarde. Llevo un Lawrence Durrel bajo el brazo y busco un buen lugar para leer. Al final de una calle imprecisa doy con una especie de claro cercado por los autos y el pisar de oficinistas presurosos. Me acomodo en una banca de hierro soleada y solitaria. Me entrego a la lectura el tiempo suficiente para olvidarme del frío del aire acondicionado y de las bromas fatuas de mis compañeros. La Alejandría que describe Durrel huele a humedad y ladrillo, nada más ajeno y lejano a mi sitio de descanso. Por eso me harto y regreso con paso lento. Se me antoja un café, pero ya habrá tiempo para esos placeres sencillos. En instantes estoy de vuelta y comparezco ante las sombras de la engañosa penumbra del lobby. Hay gente esperando el elevador. Los mismos rostros cansados de la tarde, el mismo aroma a perfumes que se desprenden de mujeres sudorosas y aburridas. El ascenso transcurre en silencio mientras que nuestros ojos se disputan el poco espacio de que dispone el cubo de metal y paredes espejadas. En el piso de destino me recibe el olor a frío artificial y encierro, el gesto disperso de la recepcionista, la puerta de cristal que franquea el paso a los dominios del lento reloj. La música es el último refugio y en él me sumerjo como en un exilio interno y voluntario. Hay textos que escribir.
lunes, marzo 31, 2003
Tengo el recuerdo de historias que nacen con la noche: oscuras entidades se desplazan por calles solitarias; parejas dialogan sin palabras, mientras que la tarde va madurando a la orilla de ríos bordeados por caminos de piedra; el alma de un hombre se arroja al vacío, pero nadie está mirando y su perfume se esparce como una tibia llovizna.
La llegada del sueño termina por borrarlo todo.
Tengo el recuerdo, dije, pero esa afirmación es una fórmula sencilla: conservo más bien la sensación de que alguna vez estuvieron ahí, como lo han estado otras veces los rostros y las frases que retengo al pasar por cualquier calle y que más tarde son reemplazados por nuevos rostros y nuevas voces. Aunque la memoria se obstina en retener ciertos diálogos, éstos no son más que fragmentos dispersos, sin contexto, casi como esas voces que la víspera del sueño descarga en nuestra frágil conciencia. Una muestra: ayer mismo por la noche me entretenía en estructurar estas líneas, y ahora que releo lo escrito me doy cuenta de que tiene mucho de retrato hablado dictado por una memoria traicionada por los años.
sábado, marzo 29, 2003
Ya es nuevamente medianoche. Pero la ciudad está despierta... y apesta. Los mexicanos amanecimos a esta tierra como la gran cagada caliente y grosera de un ogro borracho. Parecemos alegres, pero nuestra alma está podrida. Somos como un obeso cuerpo inanimado y sin embargo lleno de ruido y flatulencias. Tengo la ventana corrediza entreabierta y no sólo se cuela el sonido de una alarma de auto, sino también la escandalera de miles de fiestas y peleas y llantos y jadeos de impotencia y de placer. Si se nos mira desde arriba, nos asemejamos a una fresca herida abierta de tajo que emana un fuerte tufo a dolor y decadencia. Mañana, el domingo nos encontrará en la quietud casi comatosa de la depresión alcohólica. Ya pasará. El lunes nos traerá la cotidiana y larga espera de un nuevo fin de semana que se extenderá por el familiar camino de los resultados del futbol, la planeación de los quinceaños, las furtivas cogidas con la amante llorosa, los chistes rancios de los compañeros de oficina, el lento reloj. Los días son uno igual al otro, excepto quizá por la guerra, que nos ha transformado a todos en improvisados analistas de una realidad que parece lejana pero que todos los días nos patea inmisericordemente el blando y amoratado culo. Es por eso que las manifestaciones de paz y de armonía me parecen de un candor insoportable.
Pesimismo.
viernes, marzo 28, 2003
El denso estar del insomne.
Ya Paty se ha ido a dormir, no sin antes recriminarme ese insomnio que un ser proclive al sueño como lo es ella poco o nada puede comprender. A veces también me contagio de esa suave aventura de no ser por un rato, mas casi nunca me deslizo así de fácil al otro lado, a la Interzona. El sueño debería ser contagioso, ahora que ando con las defensas bajas. En fin.
Por las tardes entre semana, la Gandhi es más transitable. Pocos despistados se acercan a mirar las novedades, yo entre ellos. Compré un Dick y un Gibson, que pienso agotar este fin de semana. Comí con Paty y llegué tarde a la oficina. Nada por qué alarmarse.
Los taxistas leguleños deberían de ser considerados terroristas en potencia.
Otro día.
Qué extraño: en la computadora de la casa, la página en la que se muestra lo publicado todo aparece sin acentos y las letras acentuadas han sido sustituidas por signos como insectos kafkianos. No importa, nadie más lee esto y yo sé perfectamente qué es lo que está escrito...
Nada importante, por cierto.
Algún día dejarás de ser esbozo, y entenderás por qué te llamo, y sabré si tu rostro es cierto o es también imaginario.
No sé si algo de esto tenga sentido.
Transcribo ahora (quizá sólo para calentar la mano) un extracto de mi libreta. La fecha -tomada al azar- es el viernes 4 de enero del 2002:
"Delante de lo gris he dispuesto el atril que disimila mis lecturas, el estuche de los discos, el City de Baricco que apenas he podido acariciar un rato, no sé: algunos otros signos que me permiten estar sin que se me desvanezcan las imágenes que ayer me dejaron vivir.
Tal vez sólo me hagan falta un par de rostros que a veces están aquí y a cuyas fugas caprichosas ya me he resignado a cambio del breve placer de sus presencias casi plurales pese a su condición ocasional."
Otro día; otra anotación:
"Massive Attack es más bien un asunto de visualización que muy pocos comprenden. El disco Mezzanine avala este sentimiento."
¿Por qué si esta música no nació del intelecto sino de un grito del alma, yo intento con todo mi dolor ponerle una máscara y soltarla sin aviso a la mitad de mis propios carnavales?
jueves, marzo 27, 2003
Bueno, ya está. Es como cerrar los ojos.